El oro escondido de los años
La energía de quienes aun no conocemos los años dorados, suele ser intensa. Vivimos con un ritmo marcado por las exigencias del trabajo, la familia, los compromisos, las metas que nos proponemos alcanzar. Nuestra voz tiende a elevarse, nuestros gestos son firmes, nuestros pasos rápidos. Estamos todavía en una etapa en la que el mundo nos empuja a demostrar, a producir, a sostener responsabilidades. Para la persona que transita la edad dorada, esa intensidad puede sentirse abrumadora. Es porque habita en otro estado de conciencia. Su cuerpo le recuerda a cada instante que ya no necesita llevar prisa, que lo esencial no depende de la velocidad ni de la fuerza. Sus sentidos se han afinado hacia la sutileza: busca la calma de una conversación sin apuro , el gozo de un gesto sencillo, la compañía que no irrumpe, sino que acompaña. El contraste, entonces, no es solo entre juventud y vejez, sino entre quienes aún estamos envueltos en el torbellino de la vida activa y aquellos que...