La energía de quienes aun no conocemos los años dorados, suele ser intensa. Vivimos con un ritmo marcado por las exigencias del trabajo, la familia, los compromisos, las metas que nos proponemos alcanzar. Nuestra voz tiende a elevarse, nuestros gestos son firmes, nuestros pasos rápidos. Estamos todavía en una etapa en la que el mundo nos empuja a demostrar, a producir, a sostener responsabilidades.
Para la persona que transita la edad dorada, esa intensidad puede sentirse abrumadora. Es porque habita en otro estado de conciencia. Su cuerpo le recuerda a cada instante que ya no necesita llevar prisa, que lo esencial no depende de la velocidad ni de la fuerza. Sus sentidos se han afinado hacia la sutileza: busca la calma de una conversación sin apuro , el gozo de un gesto sencillo, la compañía que no irrumpe, sino que acompaña.
El contraste, entonces, no es solo entre juventud y vejez, sino entre quienes aún estamos envueltos en el torbellino de la vida activa y aquellos que ya han aprendido a descansar en la suavidad.
El taoísmo enseña que lo blando vence a lo duro, y que el agua tranquila tiene su propia fuerza. La edad dorada nos invita a entrar en otra frecuencia: la lentitud, la delicadeza y la simplicidad de lo esencial.
Al mirar a quien nos precede así, nos descubrimos también a nosotros mismos. La suavidad que vemos en él es el destino natural de nuestra energía. La intensidad de hoy un día dará paso a otro ritmo. Reconocerlo siembra la reverencia: honrar en el otro la etapa que también nos espera.
Que aprendamos a reconocer en la energía sutil de la Edad Dorada un espejo de lo que también somos y seremos;
Que la calma, la pausa y la simplicidad que habitan en quienes nos preceden nos enseñen a redescubrir la belleza de lo esencial.
Que honremos cada etapa de la vida como parte de un mismo río, agradeciendo la intensidad que hoy nos sostiene y recibiendo con alegría la suavidad que mañana nos aguardará.
Que sepamos mirar con reverencia a quienes caminan delante de nosotros, y en ese reconocimiento descubramos la semilla de nuestra propia transformación.
Y que los años, en su fluir, nos enseñen que cada momento guarda su verdad.
R-I-66
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