En lo más profundo de nuestro ser arde un anhelo que no conoce límites.
El alma, fuerza viva e incontenible, desea abarcarlo todo: aprender, crear, explorar, vivir en expansión constante. Un impulso insaciable que nos arrastra a crecer, a descubrir, a manifestar… a ser infinitos.
Pero la vida es breve. La muerte nos acecha silenciosa, inevitable, y nos recuerda que cada instante cuenta, que no podemos posponer lo esencial. La finitud golpea y despierta la urgencia de decidir: ¿Qué abrazo? ¿Qué dejo ir? ¿Dónde pongo mi fuego, mi tiempo, mi vida?
Cuando elegimos, algo se transforma. La energía que antes se dispersaba se condensa, se concentra y se vuelve pura, intensa, imparable, como un láser que atraviesa lo imposible. Capaz de romper estructuras, derribar límites y transformar realidades.
Elegir no es renunciar: es revelar nuestra misión. Cada uno de nosotros está aquí para manifestar un matiz único del Infinito, irrepetible. Lo que dejamos de lado no es pérdida; es espacio para lo que solo cada uno podemos traer al mundo.
El alma no se sacia con acumular, sino con desplegar su propósito. En la limitación del tiempo, en la certeza de nuestra muerte, se encuentra la chispa que ilumina lo eterno.
Y en ese instante, concentrados, elegidos, despiertos, nuestra luz alcanza su máximo poder.
Que en nosotros se aclare la visión de la luz infinita del alma.
Que sepamos elegir con claridad y alegría lo esencial,
dejando atrás lo que ya no nos corresponde.
Que toda nuestra energía se concentre en lo verdadero,
y que lo que hagamos se multiplique en bien, en paz y en amor para todos.
R-I-67
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