El ego es un atributo de la emanación divina en el ser humano. A través de él descubrimos nuestra identidad y sentimos la diferencia que nos distingue de los demás. El ego nos muestra el rostro singular de la Luz en cada uno.
En lo práctico, el ego organiza, nos da un “yo” que decide, gestiona y actúa.
En la ambición, el ego nos impulsa a soñar, a crecer, a proyectarnos, a crear y buscar superarnos.
En la resiliencia, nos da la fuerza de afirmar “yo puedo” y levantarnos después de cada caída.
Si no hubiera ego, no habría esa chispa que nos hace movernos hacia adelante ni esa voluntad de diferenciarnos y construir algo propio.
Pero el ego tiene una trampa, tiende a inflarse, a querer ocupar más espacio del que le corresponde. Cuando el ego se infla, busca sostenerse en lo externo: en la aprobación, en la comparación, en el aparentar.
Un ego en desequilibrio se olvida de su raíz divina y busca confirmaciones afuera. Se inquieta, acumula, se obsesiona con premios y estatus, como si el brillo viniera de los aplausos y no de la Luz que ya lo habita. El ego desbalanceado pierde su proporción y se desconecta de la Fuente.
Cuando recuerda que es un canal de la Luz, todo cambia: deja de competir y empieza a crear, deja de acumular y comienza a compartir, deja de inquietarse…. y se vuelve receptivo a la confianza.
Con el tiempo aprendemos a suavizar al ego, a que no cargue con un peso que no le corresponde ni se coloque en el centro de todo. Descubrimos que el verdadero yo no necesita inflarse: simplemente se abre, se expande en serenidad, en autenticidad y en la certeza de estar unido a algo más grande.
El ego no debe ser obstáculo, sino vasija viva: el espacio donde la individualidad se encienda para revelar, a través de cada uno, la grandeza de la Unidad.
Que vivamos con un ego equilibrado, y que en él reconozcamos la chispa de la Luz divina en nosotros.
Que nos dé fuerza para afirmarnos, con serenidad y certeza.
Que nos regale valor para levantarnos, cada vez con más confianza.
Que nos ofrezca claridad para decidir, guiados por la Sabiduría superior.
Que nos inspire humildad para compartir, sabiendo que lo que damos viene de la Fuente.
Que sea sostén en lo práctico, y que al mismo tiempo nos eleve hacia lo eterno.
Que nos permita expresar nuestra singularidad, y que esa expresión sea alegría para el Todo.
Que, al recordarlo como instrumento de la Luz, hallemos paz en nuestra identidad.
Y que, paso a paso, descubramos que la vida misma es la manifestación perfecta de esa Luz en acción.
R-i-68
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