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No es el tiempo el que pasa

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A menudo solemos tratar al tiempo como si fuera un río caprichoso que a veces fluye con fuerza y otras veces se nos escapa entre los dedos, justificando nuestra inacción bajo la premisa de que él es el culpable de nuestras faltas. Decimos "mañana lo haré" o "no es mi momento" con una ligereza que asusta, como si el calendario fuera una entidad maleable que se ajusta a nuestros deseos. Sin embargo, la realidad es mucho más silenciosa y austera: el tiempo no corre, no vuela ni se agota; el tiempo simplemente es. Es una constante imperturbable, un escenario estático frente al cual nosotros somos los únicos que nos desplazamos a una velocidad vertiginosa. Resulta curioso cómo nos hemos convencido de que somos dueños de una cronología infinita, cuando en realidad somos apenas inquilinos temporales de un presente que no conoce la espera. La frase "no tengo tiempo" es, quizás, una de las mayores ficciones que nos contamos para evitar enfrentar la responsabilidad ...

El límite como condición para que algo pueda realizarse

No fue solo un instante inaugural. La creación no ocurrió una vez y quedó librada a su suerte. El Infinito no solo abrió un espacio para que el Universo pudiera aparecer; siguió poniendo límites para que el mundo pudiera sostenerse. Sin   medida no hay forma. Sin forma no hay experiencia. La materia, el tiempo, los ritmos, las leyes que organizan el universo no son obstáculos a la creación, sino su lenguaje. Gracias a ellos existen los cuerpos, los colores, las distancias, los procesos. Un mundo sin límites no sería más libre; sería inhabitable. El acto creador no se agota en el origen. Se renueva en cada estructura que permite que algo sea lo que es. La gravedad puede ser densa, pero sostiene. El tiempo puede sentirse que oprime, pero ordena. El cuerpo reduce la energía, pero hace posible el encuentro. El límite vuelve visible la infinitud. Algo similar ocurre en la experiencia humana. Un padre equilibrado no deja de poner límites a sus hijos. Los ajusta, los transforma, los afina...

La valentía de existir

  Inspirado en un texto de Mario Sabán A veces nos preguntamos por qué el alma, si proviene de regiones de plenitud y luz, elige descender a un mundo donde existen la incertidumbre, la pérdida y el dolor. La vida humana está hecha de límites. Hay momentos de alegría, pero también enfermedades, despedidas, errores, desencuentros, cambios inesperados y situaciones que escapan a nuestro control. Nada parece permanecer igual por mucho tiempo. Todo se transforma. Muchas veces quisiéramos que el camino fuera más sencillo. Sin embargo, es precisamente en medio de las limitaciones donde aparecen nuestras mayores posibilidades de crecimiento. La paciencia surge cuando las cosas no ocurren como esperamos. La compasión nace al reconocer nuestras propias heridas y las de los demás. La fortaleza se revela cuando encontramos la capacidad de levantarnos después de una caída. Quizás el propósito de la existencia no sea evitar toda dificultad, sino descubrir la luz que puede manifestarse a través d...

La Revelación del Sentido a través de la Acción

Existe una creencia común que el propósito de la vida es algo que está perdido, esperando ser encontrado, pero ¿y si no fuera así? Según la cábala, el propósito no es el punto de partida, sino una consecuencia natural del estudio y de la implicación con la realidad. Cada persona percibe el mundo de una manera irrepetible. No es solo lo que sabes, sino cómo lo ves, cómo lo interpretas y cómo lo experimentas. Esa combinación no existe en nadie más, y es precisamente ahí donde empieza a revelarse algo esencial. Hay dimensiones de la vida —verdades, conexiones, formas de bienestar— que permanecen ocultas. Necesitan ser activadas por una mirada específica. Como si el mundo fuera una biblioteca infinita, pero ciertos libros solo se abrieran cuando llega la persona adecuada. En ese sentido, la vida adquiere significado en la medida en que vas revelando aquello que te es propio: una forma de acompañar, una manera de enseñar, una percepción espiritual, una sensibilidad artística, in...

Donde empieza el cuidado

Establecer un límite no es un gesto de confrontación. A veces es solo una forma silenciosa de cuidar la armonía. Sin embargo, no siempre lo vivimos así. Existe la idea de que, para convivir, es mejor no marcar demasiado el territorio, como si la flexibilidad absoluta garantizara la paz. Con el tiempo, suele ocurrir lo contrario. Cuando ciertos espacios de nuestro tiempo, nuestra intimidad o nuestro bienestar quedan indefinidos, algo se va asentando sin palabras. Lo que en un inicio fue apertura puede transformarse, casi sin notarlo, en una expectativa. Entonces, cuando aparece un límite, no siempre se recibe como una organización necesaria, sino como una pérdida. Como si algo que parecía propio se retirara de pronto. Tal vez por eso muchos conflictos no comienzan afuera, sino en un punto más interno, difícil de nombrar. Hay límites que no se dijeron a tiempo, necesidades que no se escucharon del todo. Y cuando eso ocurre, la vida suele intervenir marcando fronteras por nosotros, a vece...

Asombro

A veces creemos que la sabiduría llega cuando entendemos algo con la mente. Pero no siempre es así. La primera entrada de la luz no es un pensamiento elaborado, sino una comprensión súbita. Y lo primero que suele despertar en nosotros es asombro. Hay un momento, muy breve, en el que algo te sorprende y te abre por dentro, aunque no puedas explicarlo del todo. Ese instante, llamado Jojmá en la cábala, es una chispa inicial de sabiduría que entra en nuestra vasija como un relámpago suave. Ese primer instante de asombro es también humildad. Una sorpresa tan auténtica que nos ablanda y nos vuelve más receptivos, porque reconocemos que estamos frente a algo que todavía nos supera. La luz que entra por Jojmá no debe endurecerse por la mente, aunque sí pasar por ella para poder ser organizada y revelada en palabras, símbolos o arte. El asombro no es la transformación. Es la señal de que la transformación ha comenzado. Es el primer indicio de que la luz ya ha entrado y ha empezado a ensanchar ...

Elegir en medio del desencanto

¿Entrar en política es un acto de ingenuidad o la señal de una corrupción ya instalada? La pregunta aparece cada vez con más fuerza en un clima marcado por el desencanto. Para muchos, la política se ha vuelto un territorio sospechoso: un lugar del que es mejor mantenerse al margen, bajo la sensación —cada vez más extendida— de que todo es “más de lo mismo”. Pero quizá ese juicio se queda en la superficie, sin tocar lo que realmente implica. Porque, aunque no siempre queramos verlo, alguien tiene que hacerse cargo de lo más denso de la realidad. Y desde este lado —el de quien observa, elige o se retira— vale la pena preguntarse si mantenerse al margen es realmente una forma de cuidado, o también una forma de dejar hacer. Elegir no involucrarse puede preservar una cierta idea de limpieza. Pero la realidad no se detiene por eso. Lo que no se cuida, se desordena. Y ese desorden no queda en otro lugar: termina alcanzándonos. Cuando muchas personas se alejan por rechazo o cansancio, el espac...