Elegir en medio del desencanto
¿Entrar en política es un acto de ingenuidad o la señal de una corrupción ya instalada? La pregunta aparece cada vez con más fuerza en un clima marcado por el desencanto. Para muchos, la política se ha vuelto un territorio sospechoso: un lugar del que es mejor mantenerse al margen, bajo la sensación —cada vez más extendida— de que todo es “más de lo mismo”.
Pero quizá ese juicio se queda en la superficie, sin tocar lo que realmente implica.
Porque, aunque no siempre queramos verlo, alguien tiene que hacerse cargo de lo más denso de la realidad. Y desde este lado —el de quien observa, elige o se retira— vale la pena preguntarse si mantenerse al margen es realmente una forma de cuidado, o también una forma de dejar hacer.
Elegir no involucrarse puede preservar una cierta idea de limpieza. Pero la realidad no se detiene por eso. Lo que no se cuida, se desordena. Y ese desorden no queda en otro lugar: termina alcanzándonos.
Cuando muchas personas se alejan por rechazo o cansancio, el espacio no queda vacío. Se llena. Y no necesariamente con quienes tienen más reparos en cruzar ciertos límites. En ese sentido, la distancia no siempre es neutral. A veces, sin proponérselo, facilita aquello que se busca evitar.
Esto no significa ignorar los riesgos. Involucrarse —aunque sea desde el lugar del voto o la atención— también implica exponerse a la frustración, a la ambigüedad, a no encontrar opciones completamente limpias. Pero quizá el problema no es que no existan, sino haber creído que debían existir.
En lo público, exigir una integridad absoluta —una especie de pureza intacta— suele llevar a dos salidas conocidas: la decepción constante o la adhesión ciega cuando alguien parece cumplirla. Ninguna de las dos ayuda a mirar con claridad.
Tal vez la pregunta no sea quién está libre de toda sombra, sino quién, aun con ellas, muestra ciertos límites, cierta conciencia, cierta disposición a responder por lo que hace. No es una respuesta perfecta, pero se sostiene mejor en la realidad que la búsqueda de lo impecable.
A veces, el voto viciado o el retiro total se sienten como gestos coherentes. Pero también pueden ser una forma de soltar el espacio. Es como dejar de cuidar un huerto por no ensuciarse las manos, y luego sorprenderse de lo que crece en él.
La política no es un lugar pulcro. Se parece más a una cocina en pleno uso: hay ruido, tensión, cosas que se queman si nadie mira. Desde fuera, uno puede desentenderse. O puede, al menos, prestar atención a qué se está preparando, quién está a cargo y qué señales da.
Al final, de una forma u otra, todos terminamos viviendo con las consecuencias de eso.
No se trata de dejar de decepcionarse. Se trata de que esa decepción no sea lo que termine decidiendo.
R-ii-11
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