¿Qué es lo que nos lleva a cuidar con tanta intensidad aquello que creemos ser?
Identificarnos con ideas, grupos, estilos de vida o símbolos suele brindarnos una sensación de pertenencia y orientación. Las etiquetas pueden funcionar como puntos de referencia, pequeñas anclas que nos ayudan a ubicarnos en el mundo. Cuando aparece una mirada distinta, a veces se despierta una incomodidad sutil, como si algo íntimo hubiese sido tocado.
La identidad, entonces, puede volverse un punto de apoyo muy firme, que responde casi de inmediato ante la diferencia. Nombrar “mi manera de ser” o “mis límites” ofrece una sensación de estabilidad, una quietud momentánea frente a la incertidumbre que acompaña a toda experiencia humana.
Sin embargo, esa estabilidad también puede volverse estrecha. Lo que al inicio protege, con el tiempo puede transformarse en una estructura rígida que reduce el movimiento interior. En ese resguardo silencioso, la claridad se atenúa y la posibilidad de crecer queda en pausa.
Cuando lo distinto se vive como amenaza, tal vez no esté en juego la diferencia en sí, sino la delicadeza del propio sentido de identidad. Una identidad viva no necesita defenderse con dureza; puede abrirse al contraste sin perderse en él. A menudo, la rigidez no protege la verdad, sino una imagen parcial que necesita sostenerse sin ser interrogada.
Cabe preguntarse, entonces, qué función cumple aferrarse a una forma de ser que genera fricción constante y limita la comprensión del otro y de uno mismo.
El desarrollo, tanto personal como colectivo, parece florecer más en la flexibilidad que en la dureza. No se trata de disolver la identidad, sino de reconocer que su profundidad no está en los bordes que la contienen, sino en su capacidad de renovarse. Tal vez lo que pide soltarse no sea el sentido de sí, sino la fijación que impide su expansión.
Desde esta mirada, la identidad puede pensarse como algo dinámico. ¿Es un molde que se resquebraja ante cualquier impacto, o un elemento vivo que se adapta sin perder su esencia? Como el agua, que no deja de ser agua al cambiar de forma: rodea el obstáculo, se filtra por la grieta, o se expande cuando encuentra espacio. No por debilidad, sino porque en esa fluidez reside su modo más profundo de persistir, transformarse y vivir con mayor coherencia interior.
Que aprendamos a mirar más allá de las formas,
más allá de las banderas, las ideas y los nombres.
Que reconozcamos en cada ser la misma chispa divina que vive en nosotros.
Que todo juicio se transforme en comprensión,
toda herida en sabiduría,
y toda diferencia en un puente hacia la unidad.
Que recordemos que la Luz es una, aunque se exprese en mil colores.
Y que al recordar esto, nuestras palabras, pensamientos y actos
sean canales del Amor que restaura, reconcilia y libera.
R-i-69
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