Parte I
La noción de perfección, herencia de antiguas musas griegas ha marcado la pauta en el pensamiento de occidente. ¿Por qué aferrarnos a la palabra "perfecto" cuando podríamos abrazar la plenitud del término "completo"? La mesa, ejemplo terrenal, no aspira a la perfección, pues en su diversidad y utilidad encuentra su propósito. Así, cada forma, cada función, en su propia esencia, halla la completud.
¿Qué es pues, la perfección sino un anhelo por encontrar lo absoluto en medio de los fragmentos de Dios, que componen este inconmensurable Universo? Lo absoluto perfecto está fuera del tiempo y del espacio. En el seno eterno del Misterio Creador, reside la esencia misma de la perfección, donde la eternidad y la infinitud convergen en una danza etérea que desafía toda comprensión humana.
Pero afirmar la perfección, ¿qué nos dice de la justicia, de esa justicia ideal? Una quimera inalcanzable, pues en este mundo de contrastes, la justicia se entrelaza con la injusticia, en una danza perpetua de luces y sombras. La búsqueda de la perfección implica negar los desequilibrios inherentes a la existencia, pues en la realidad terrenal, el equilibrio es efímero y la limitación es la ley de la forma. Así, entre la imperfección de lo humano y la complejidad del cosmos, la perfección se desvanece como el eco en la distancia.
Entonces, cuando alguien abraza la perfección con ansias, sin percatarse, busca someter la realidad bajo su dominio. El perfeccionista, en su núcleo, oculta un temor profundo, una inquietud que brota, pues la realidad escapa a su mando. Así, ansía controlar cada detalle, cada matiz de la existencia. Pero cuanto más se aferra al dominio, más se escabulle de sus manos. En este círculo sin fin, se sumerge en una vorágine obsesiva, donde el afán de control engendra más incertidumbre.
¿Hasta dónde se puede arrastrar esta obsesión del detalle, del control y de la perfección? El perfeccionista carga con el peso de su propio juicio. El sufrimiento que se inflige, ahogado en un mar de culpa, es el tributo que paga por nunca alcanzar la perfección que anhela.
Así pues, el dilema del perfeccionista se despliega como un vasto paisaje interior, donde su autoestima se ve empañada por la sombra del autojuicio. En su constante búsqueda de la excelencia, apenas se concede el alivio de la celebración. Cada logro, cada tropiezo, se convierte en un juicio implacable, en un reflejo de su autoexigencia. La motivación, siempre a la sombra del escrutinio, apenas encuentra espacio para florecer en esta pampa de autoevaluación perpetua.
Entonces, cuando el logro emerge, con cifras que rozan el éxito, el deber de la celebración se vuelve imperante, ya sea dirigido hacia el individuo o hacia uno mismo, pues en la esencia de la motivación reside su impulso vital. Mas el perfeccionista, en su rigurosa medida, invalida tal motivación con un susurro desalentador: "Si alcanzaste el dieciocho, ¿por qué no el veinte?". En su reflejo despiadado, no halla compasión, ni siquiera una pizca de indulgencia hacia sí mismo, lo que anula cualquier rastro de estímulo interno. De esta manera, siembra la semilla de la culpa, un veneno sutil que puede socavar la salud mental, llevándolo a una búsqueda perpetua de satisfacer al duro juez interior, jamás alcanzando su medida.
¿Cómo aplacar esta tormenta? Que surja un diálogo con el juez interno, un soliloquio con la parte desequilibrada del alma, buscando desentrañar la dimensión de la propia imprudencia en medio de tanta responsabilidad. El perfeccionista se engaña creyendo poseer una mente responsable, mas, en verdad, se sumerge en la irresponsabilidad de su hiper-exigencia, convirtiéndose en su propio verdugo. Pues la responsabilidad ha de abrazar la compasión, ha de ser animada por la motivación, pues también es responsabilidad ser feliz. Si el perfeccionista constriñe cada instante bajo su control, el deleite, la dicha, quedan sepultados en este arduo proceso. Por ende, hemos de ser conscientes de este desequilibrio, pues en su esencia, lo que hace es sumir al ser en un abismo, erosionando su autoestima con cada paso.
Parte II
En la blancura de la página sin pulir yace el peor castigo del escribano,
donde el borrador maltratado se convierte en un eco de su propia inacción.
El perfeccionista, en su danza de dudas,
detiene la marcha del hacer,
pues no se aventura a proseguir
hasta que la perfección le sonría,
pero ¿cuándo hallará certeza en su perfección?
¡Nunca!
En el vaivén de su incertidumbre,
el perfeccionista invoca al demonio de la perfección,
causando una perpetua dilación,
una procrastinación que mina el potencial,
pues la duda debería seguir a la revelación,
no paralizar el despliegue de la acción.
¿Qué es un libro sino el fruto de un borrador
capaz de ser moldeado una y otra vez?
Pero sin texto inicial, ¿qué hay que retocar?
Una página en blanco, la antesala del desespero.
El perfeccionista conduce hacia una vida paralizada,
crea temores en el alma,
debilita la autoestima con su juicio implacable,
pues alzando la autoestima,
se interpone el juez, con su veredicto severo.
No es un potencial de veinte lo que posee,
sino una exigencia desmesurada,
que despoja el placer del hacer,
declarando la impotencia, la ineptitud,
sin importar si se revelan cuatro, once o veinte,
siempre hay una voz que clama: ¡Inepto!
El perfeccionista me compara con lo divino,
y en su exigencia, yace la imposibilidad, la frustración,
una fuerza demoníaca que muchos sufren en silencio.
Pero… En los senderos del alma yace una bifurcación,
donde se entrelazan la autoexigencia y la disciplina,
dos ríos que corren en dirección opuesta.
El autoexigente, en su búsqueda implacable,
siente cada espinoso paso del camino,
mientras que el disciplinado, con corazón compasivo,
comprende que la rigidez puede ceder ante la suavidad.
Ahí reside la esencia del asunto:
el exigente, carente de flexibilidad,
no permite margen para la compasión,
en su frenesí por alcanzar la perfección.
Mientras tanto, el disciplinado,
alimentado por la compasión que brota de su ser,
sabe que en la flexibilidad yace la verdadera fuerza,
permitiendo que su disciplina se moldee con gracia,
ajustándose según las necesidades del momento.
En el marco de la razón y el entendimiento,
reposa la verdad de que la imperfección es inherente,
pero en el reino de las emociones y las vivencias,
esta realidad nos esquiva como sombras en la noche.
Por ejemplo, sé que un vaso puede deslizarse de mis manos,
lo comprendo en la teoría de las posibilidades,
pero cuando ocurre, el corazón se agita en un torbellino.
No es un motivo de regocijo el accidente,
sino una ocasión para recordar nuestra fragilidad,
nuestra humanidad imperfecta que nos une en la experiencia.
Reconocer nuestra imperfección es el primer paso,
descender a las profundidades del ser,
donde la convicción experiencial toma forma,
y nos impulsa a abrazar con compasión los errores ajenos.
Ser compasivo con el error del otro,
ser misericordioso como la mano que suaviza la caída,
es comprender que cada uno da lo que puede dar,
en esta realidad de la existencia compartida.
En ocasiones, nos aferramos a la ilusión de que el otro dará lo que ansiamos,
pero el otro dará lo que puede, no lo que deseamos,
así, nos enfrentamos nuevamente al conflicto,
al proyectar nuestras expectativas sobre el otro.
Y entonces, cuando el enfado nos embarga,
es en realidad un enfado con nosotros mismos.
Si alguien yerra y mi ira se desata,
no es con el otro con quien me enfado,
sino conmigo mismo por creer que el otro no erraría,
me enojo por no aceptar la imperfección del universo.
Ah, la completitud reside en el cumplimiento de la función, no en la perfección. Cada objeto, cada ser, halla su integridad en la realización de su propósito, en su capacidad para desempeñar su papel en el vasto escenario de la existencia.
No buscamos la perfección estática, sino la plenitud dinámica que emana del ejercicio de nuestra función. La mesa, en su simpleza, es completa mientras sostiene, mientras brinda su servicio en la danza cotidiana de la vida. Su perfección radica en su capacidad de ser mesa, en su constancia en cumplir su destino.
Es en esta comprensión que tropezamos con la paradoja de nuestra búsqueda. Anhelamos la perfección definitiva, la función inmutable, cuando en realidad, la esencia de la vida es el constante devenir, el flujo incesante de cambios y transformaciones.
Encima ¡Ah, encima nuestra sociedad nos insta a valorar lo tangible, lo cuantificable, ¡los resultados!! Nos pagan por los resultados, nos premian por los logros palpables. Nos enfrentamos al desafío de reconciliar esta mentalidad con la naturaleza misma del proceso.¡Ah, la dificultad de abrazar la noción del proceso! Para aquellos que persiguen los resultados con fervor, el camino puede tornarse arduo y fatigante. Muchos se sumergen en un agotador ciclo de búsqueda constante de resultados, creyendo que la vida es un mero sistema de retribuciones tangibles.
Y así, algunos se encuentran exhaustos por la vida, pues se aferran a la ilusión de que el éxito reside únicamente en alcanzar metas preestablecidas. Cuando, tras años de esfuerzo, los resultados deseados no se materializan, la desesperación invade sus pensamientos: "¿Qué ha sucedido? ¿Por qué no logro los resultados esperados?"
Sin embargo, ignoran que la clave no radica exclusivamente en alcanzar esos resultados, sino en disfrutar del proceso mismo. Es en el deleite de cada paso, en la inmersión en el fluir constante de la experiencia, donde yace la semilla del verdadero éxito.
Cuando uno se entrega al proceso, cuando se sumerge en la experiencia sin obsesionarse por los resultados, algo mágico sucede. Los frutos deseados, antes esquivos, comienzan a manifestarse de manera natural, como un eco de la armonía encontrada en la travesía misma.
Así, en el abrazo del proceso, en la liberación del férreo control sobre los resultados, encontramos la verdadera esencia de la plenitud. La vida, entonces, deja de ser un mero medio para alcanzar fines, y se transforma en una danza sublime, donde cada momento es una celebración de la existencia misma.
(Basado en la entrevista 'Estrategias de Satán: la perfección' de Nacho Newman con Mario Sabán. Puedes encontrar el video en https://youtu.be/xMNLLUBquFw?si=Fl4deXDBGbrgVcwt)

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