miércoles, 17 de diciembre de 2025

El oro escondido de los años

La energía de quienes aun no  conocemos los años dorados, suele ser intensa. Vivimos con un ritmo marcado por las exigencias del trabajo, la familia, los compromisos, las metas que nos proponemos alcanzar. Nuestra voz tiende a elevarse, nuestros gestos son firmes, nuestros pasos rápidos. Estamos todavía en una etapa en la que el mundo nos empuja a demostrar, a producir, a sostener responsabilidades.


Para la persona que transita la edad dorada, esa intensidad puede sentirse abrumadora. Es porque habita en otro estado de conciencia. Su cuerpo le recuerda a cada instante que ya no necesita llevar prisa, que lo esencial no depende de la velocidad ni de la fuerza. Sus sentidos se han afinado hacia la sutileza: busca la calma de una conversación sin apuro , el gozo de un gesto sencillo, la compañía que no irrumpe, sino que acompaña.


El contraste, entonces, no es solo entre juventud y vejez, sino entre quienes aún estamos envueltos en el torbellino de la vida activa y aquellos que ya han aprendido a descansar en la suavidad.


El taoísmo enseña que lo blando vence a lo duro, y que el agua tranquila tiene su propia fuerza. La edad dorada nos invita a entrar en otra frecuencia: la lentitud, la delicadeza y la simplicidad de lo esencial. 


Al mirar a quien nos precede así, nos descubrimos también a nosotros mismos. La suavidad que vemos en él es el destino natural de nuestra energía. La intensidad de hoy un día dará paso a otro ritmo. Reconocerlo siembra la reverencia: honrar en el otro la etapa que también nos espera.


Que aprendamos a reconocer en la energía sutil de la Edad Dorada un espejo de lo que también somos y seremos; 


Que la calma, la pausa y la simplicidad que habitan en quienes nos preceden nos enseñen a redescubrir la belleza de lo esencial. 


Que honremos cada etapa de la vida como parte de un mismo río, agradeciendo la intensidad que hoy nos sostiene y recibiendo con alegría la suavidad que mañana nos aguardará. 


Que sepamos mirar con reverencia a quienes caminan delante de nosotros, y en ese reconocimiento descubramos la semilla de nuestra propia transformación. 


Y que los años, en su fluir, nos enseñen que cada momento guarda su verdad.



R-I-66

jueves, 11 de diciembre de 2025

Mantra, El sonido que nos crea a cada instante

El mantra es más que una palabra repetida y repetida. Es sonido vivo, vibración que se desliza en nosotros como un río que nunca se detiene. Cuando lo dejamos fluir, cuando lo pronunciamos sin forzarlo, comienza a tomar un ritmo propio, un pulso. Entonces descubrimos que no estamos simplemente repitiendo, sino que estamos escuchando. Ese latido que sentimos no es solo el nuestro: es el eco de algo mayor, el latido de Dios que sostiene la existencia.


Cada sílaba pronunciada se convierte en respiración del universo. No es que el mantra cree la divinidad, sino que nos despierta a la corriente eterna que ya nos sostiene. Hay un fluir constante que no descansa, que nos está creando ahora mismo, instante tras instante, igual que un corazón que no deja de enviar vida a cada célula. Al vibrar con el mantra, nos unimos a ese flujo invisible, y nos dejamos llevar por su cadencia.


La repetición abre un espacio de silencio. Entre sonido y sonido surge un vacío lleno de sentido. Allí nos damos cuenta de que no estamos aislados, que la vida entera palpita con nosotros. El mantra se convierte en un puente, en una cuerda invisible que nos enlaza con la fuente. En ese estado, ya no somos quienes repetimos: somos repetidos, somos pronunciados por el mismo aliento divino que nos sostiene desde el principio.


Repetir un mantra, entonces, es escuchar el corazón secreto del universo y descubrir que late dentro de nosotros. Es aceptar que no estamos solos en nuestra respiración, sino acompañados siempre por el ritmo eterno que nos crea y recrea en cada instante.


Que percibamos el latido divino que resuena en nosotros y a través de nosotros.


Que cada respiración nos recuerde que somos creados de nuevo en la vida eterna de Dios.


Que nuestra conciencia permanezca en la luz que eternamente nos envuelve y nos sostiene.


Que la paz habite en nuestras mentes, la fuerza en nuestros corazones y la alegría en nuestras palabras.


Y que todo lo que somos y hacemos sea expresión fiel del Amor divino que da vida, sustenta y guía a todos los seres.




R-I-65

jueves, 4 de diciembre de 2025

El último peldaño (de la emanación) que abre el siguiente

El mundo que nuestros ojos ven no es el inicio de la realidad, sino el último peldaño de una cadena de emanaciones invisibles. Todo lo que se percibe —cada forma, cada color, cada sonido— es la manifestación final de una energía que fluye de una fuente infinita. No se trata de un universo creado y luego abandonado; es una corriente permanente y sostenida que nunca se detiene, un flujo inagotable que da forma y sostiene todo lo que existe.


Mas que una luz que “viaja”, es una luz que se va densificando a través de distintos niveles de existencia. Es un plan, una idea divina que se contrae sobre sí misma, pasando de un estado de pura información a formas cada vez más concretas. De lo sutil del pensamiento surge la vibración emocional; de la emoción, la fuerza instintiva que empuja a la acción; y de esa fuerza, finalmente, cristaliza la materia. Es un proceso de contracción de la Luz, que desciende desde la levedad de lo infinito hasta la densidad de lo terrenal.


Y en medio de esa sagrada progresión, hay un punto de encuentro sublime: el ser humano. Es el cierre de la emanación y la puerta de retorno hacia lo infinito. En cada individuo, la emanación no solo circula: se sabe a sí misma. En el ser humano, la creación no termina: se despierta y se hace consciente.


La respiración es el vehículo por el que el flujo vital de la emanación se hace perceptible. En ese simple acto, el vasto e infinito flujo de la creación no solo existe, sino que se percibe a sí mismo.


El ser humano es la respiración consciente del Infinito. Es el punto culminante en el que la luz se vuelve vida, consciente de su propia divinidad y de la sagrada responsabilidad de ser el espejo en el que el universo se mira y se reconoce. El ser humano no es solo reflejo de la creación: es la creación misma reconociéndose y continuándose en él.


Que se despierte en nosotros la certeza de que somos emanaciones vibrantes del Infinito.


Que cada respiración nos recuerde que la Fuente se expresa en nuestro ser.


Que nuestra mente se abra para reconocer la verdad de la Unidad.


Que nuestro corazón se disponga a escuchar el llamado de la Luz.


Que podamos descubrir, cada uno, la parte de la creación que nos corresponde continuar.


Que nuestras acciones sean el cauce consciente por donde la emanación se despliega en el mundo.



R-I-64