“La corrupción comienza cuando olvidamos que somos tierra, agua y tiempo.”
A veces, la vida nos enreda. Nos aferramos a ideas, a la prisa, a los juicios. Hay una necesidad de demostrar algo, de ganar, de sobresalir. En esos momentos, es posible que una quietud distinta nos llame. Voltear la mirada hacia la naturaleza. Y, simplemente, observarla.
Un árbol no discute con otro. Simplemente está. El río no busca otra dirección. No se detiene a ver si es comprendido. Sigue su curso. Una semilla no germina más rápido que otra. Germina cuando le toca, en su propio momento... En esta observación, quizás se revele algo.
Nosotros, a veces, olvidamos que somos parte de esto. Que también somos naturaleza. Y nos enredamos en ideas, en urgencias, en juicios, en discusiones. Perder la noción de esta conexión, de nuestra propia naturaleza esencial, puede ser una forma de corrupción. Una desviación. Una traición a lo que somos en lo más profundo. Una desconexión.
La naturaleza es bella, generosa, paciente, sanadora, sabia. Es una fuente que inspira con gracia propia. Al sintonizar con su ritmo, tal vez descubramos un espacio silencioso. Un espacio donde nada falta ni sobra. Solo estar. Solo sentir.
Que recordemos lo que somos antes del ruido,
antes de los enredos y las urgencias.
Que podamos reconocer cómo nos hemos desviado,
y en esa lucidez, volver.
Volver a la integridad sencilla de la naturaleza,
que no compite, no se justifica, no se corrompe.
Que volvamos al pulso que nos sostiene,
y desde ahí, habitemos el mundo.
R-I-57
Hermosa reflexión.
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