Al contemplar el fluir de la vida y sus desafíos, a menudo se encuentra uno en una encrucijada interna. Es en ese espacio de reflexión donde surge una pregunta fundamental sobre la forma de habitar el mundo.
No es necesario escribir para seguir existiendo. No es necesario enseñar para dejar una marca. No es necesario quedarse en una forma para que la existencia continúe. Porque no somos solo un cuerpo, ni una historia, ni un nombre. Existe una conciencia que se expresa a través de cada forma, una chispa que ha descendido para recordar lo alto desde lo bajo.
Ese miedo que a veces se siente —esa punzada sutil o brutal— no surge del final de la existencia. Emerge de la creencia de que terminar es desaparecer. De la idea de que, sin un esfuerzo visible, todo se pierde. Pero no es así.
La Vida no se extingue con el silencio, ni se apaga si no se logra dejar un legado. Porque ya se es parte de un legado eterno. No se comenzó con el nacimiento, ni se acabará con el último aliento.
Sin embargo, esto no resta importancia al esfuerzo. La Vida necesita de nuestra manifestación, no para sostenerse a sí misma, sino para expresarse plenamente en este mundo. La existencia no está aquí para garantizar la eternidad de un concepto individual, sino para encarnar lo eterno en lo efímero. Para elevar la materia. Para traer la esencia más elevada a la tierra. Para recordar que lo divino se realiza cuando tú despiertas.
No hay nada que demostrar, pero sí mucho que amar, que cuidar, que transformar. Y a veces, el acto más sagrado no es resistir, ni controlar, sino soltar: soltar el miedo a no perdurar, soltar la ilusión de que solo lo visible tiene valor. Porque justo ahí, cuando la idea de un yo individual deja de aferrarse, comienza lo verdadero: el trabajo de ser un canal vivo de la Luz que no muere.
Que recordemos quiénes somos,
que soltemos lo que ya no nos sostiene,
que la Luz encuentre en nosotros un cauce natural.
Que nuestras palabras, pensamientos y actos
sean reflejo fiel de lo Alto.
Que toda resistencia se transforme en apertura,
y todo miedo en comprensión.
Que se manifieste la Paz, el Orden y el Bien.
Gracias Padre-Madre,
porque ya es así.
R-I-56
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