¿Vemos el viento? No, pero lo sentimos. Lo percibimos en su movimiento, en su roce sobre nuestra piel, en la danza de las hojas y las olas. No podemos atraparlo, pero su presencia es innegable.
¿Vemos el amor? No, pero lo experimentamos. El amor es más que un sentimiento pasajero: es un impulso que nos une, que nos desafía, que nos transforma. No siempre es fácil, ni siempre es dulce, pero su presencia marca nuestras vidas. Se manifiesta en el sacrificio, en la comprensión, en el crecimiento mutuo. Aunque no podemos verlo ni medirlo, su impacto es profundo.
¿Tienen explicación? No, solo descripción. Podemos describir el viento, la electricidad o el amor, pero su esencia trasciende las palabras. Lo mismo ocurre con lo divino: no siempre podemos explicarlo, pero sí podemos experimentarlo.
¿Tienen racionalidad? No, solo intuición. La mente busca respuestas concretas, pero hay cosas que solo se comprenden con el corazón. La intuición nos conecta con lo que la razón no puede abarcar, con lo que sentimos sin necesidad de verlo.
¿Y Dios? No lo vemos, pero está allí. No lo tocamos, pero lo sentimos. No lo medimos, pero lo experimentamos. Se manifiesta en la vida, en la conexión, en la luz que nos guía, en el amor que nos transforma. Su presencia no se demuestra, se vive.
Así como el viento mueve las hojas y la electricidad enciende la luz, lo divino actúa en nosotros. No necesitamos verlo con los ojos, sino con el alma abierta. La clave no está en buscar pruebas, sino en permitirnos sentir, en estar atentos, en dejarnos transformar por aquello que trasciende la lógica y nos eleva más allá de nosotros mismos.
Que reconozcamos la presencia divina en todo lo que nos rodea, que sintamos su amor transformador en cada experiencia, que confiemos en la intuición que nos guía hacia lo elevado. Que abramos nuestros corazones para recibir la luz que siempre está con nosotros, aún cuando no la vemos, y que nuestra conexión con lo divino nos impulse a vivir con paz, amor y gratitud en todo momento.
Que así sea, que así se cumpla, siempre en armonía con el plan divino.
R-I-50

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