En la cábala, se le llama Ein Sof, lo ilimitado, lo que no tiene principio ni fin. No es un nombre en el sentido habitual, sino una indicación de que aquello que designa no puede reducirse a una forma concreta. Sin embargo, el lenguaje humano está hecho de símbolos, y a través de ellos se intenta acercarse a lo inefable. La paradoja es inevitable: se utilizan palabras para señalar lo que está más allá de toda palabra.
Lo mismo ocurre con la identidad. A lo largo de la vida, se adoptan nombres, títulos y relatos que ayudan a estructurar la experiencia. Sin embargo, detrás de todo ello hay algo más profundo, una esencia que no depende de ninguna etiqueta. Cuando todo lo añadido se disuelve, lo que permanece es lo que siempre ha sido: una existencia pura, sin necesidad de definición.
Desde tiempos inmemoriales, distintas tradiciones espirituales han contemplado esta verdad:
🔹 La teología negativa enseña que la única forma de aproximarse a lo divino es a través del silencio, dejando atrás toda descripción y todo límite impuesto por la mente.
🔹 En la cábala, los nombres sagrados no son meros sonidos o signos escritos, sino manifestaciones vivas de realidades que trascienden la comprensión humana. Cada nombre es una puerta hacia lo insondable, un reflejo de lo absoluto en la multiplicidad.
🔹 Lao-Tsé expresó esta idea con claridad en el Tao Te Ching: "El Tao que puede ser nombrado no es el verdadero Tao." Lo que puede describirse ya ha sido reducido; lo esencial permanece más allá de las palabras.
Si lo supremo es inefable y todo en la existencia es su reflejo, quizás el mayor acto de conexión no sea definir, sino simplemente ser… ser en plena presencia, ser siendo. Más allá de todo pensamiento, más allá de todo límite, la verdad se revela en el puro existir.
Nos abrimos a la infinitud que somos, más allá de todo nombre, más allá de toda forma. Que la luz sin límites se revele en nosotros, y que en el silencio de ser pura presencia, encontremos la verdad que siempre ha sido.
(Reflexionante I-44)

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