El llamado del silencio
Hace miles de años, los primeros seres humanos levantaban la vista al cielo con la misma mezcla de asombro y temor que nosotros. No sabían ponerle nombre al misterio, pero lo reconocían. Lo ofrecían todo a esa presencia: un fruto, una piedra, un canto. Sus pinturas en las cuevas eran oración. Sus danzas, una forma de agradecer. En ellos ya había una comprensión profunda: la vida tenía sentido más allá de la supervivencia.
Con el tiempo, la mente se volvió hábil. Aprendimos a dominar el fuego, a medir las estrellas, a construir herramientas que multiplicaron nuestra fuerza. La inteligencia técnica creció, pero el corazón comenzó a quedar atrás, sofocado entre máquinas, pantallas y rutinas que producen sin descanso. Hemos ganado comodidad, pero a veces parece que perdimos la música interior.
Sin embargo, ese llamado sigue ahí. No se ha ido. Vive en el fondo del alma, esperando un respiro para hacerse sentir. A veces llega como una calma repentina en medio del día; otras, como una lágrima que no sabemos de dónde brota. Es el susurro de lo Eterno, recordándonos que la existencia no se reduce a tener, ni siquiera a hacer, sino a ser con conciencia.
Que el ruido del mundo no logre apagar tu fuego interno,
ni las luces externas te hagan olvidar la luz que te habita.
Que cada paso que des sea una ofrenda consciente,
y cada respiración, un acto sagrado de comunión con la Vida.
Que tu corazón sepa escuchar, más allá de la mente,
la voz suave que te llama desde adentro:
esa que no exige, no teme, no busca… solo revela y guía en silencio.
R-ii-74
Comentarios
Publicar un comentario