El equilibrio no está quieto
Hay una verdad sencilla detrás de todo crecimiento: cada avance despierta un movimiento interno que desordena lo conocido.
La comodidad se parece a una identidad. Está tejida con hábitos, certezas y rutinas que nos hacen sentir protegidos. En ese espacio creemos encontrar paz, aunque muchas veces sea solo una pausa entre transformaciones. Cuando algo cambia, sentimos que el suelo se mueve y nos cuesta comprender que ese movimiento también forma parte del orden de la vida.
El desequilibrio no llega para castigarnos, sino para recordarnos que seguimos vivos. Es la fuerza que empuja a dejar atrás lo que ya cumplió su ciclo, aun cuando eso duela. Igual que el cuerpo busca su eje para sostenerse, la conciencia busca un nuevo centro cuando la vida nos sacude.
Con el tiempo, todo lo que fue estable vuelve a ponerse en marcha. A veces ocurre con un pequeño llamado, otras con una pérdida o un cambio inesperado. Si resistimos, sentimos angustia; si nos abrimos, algo en nosotros se expande.
La elección está ahí, en cómo respondemos.
Podemos acompañar el movimiento o quedarnos a mitad del camino, pidiendo que todo vuelva a ser como antes. Pero el cambio no espera.
Crecer es aceptar que el equilibrio no es quietud, sino un vaivén constante. Es aprender a movernos con la vida, a escuchar sus ritmos, a descubrir propósito en lo que parecía caos.
Y cuando comprendemos eso, el desequilibrio deja de asustar.
Se vuelve una señal: la vida sigue empujándonos hacia nuestro siguiente nivel.
Que aprendamos a ver en cada cambio la acción perfecta del Orden Divino.
Que recordemos que todo movimiento, aun el que parece caos, obedece a una inteligencia superior que siempre conduce al Bien.
Que mantengamos la fe cuando el camino se mueve bajo nuestros pies, sabiendo que la Vida jamás nos quita algo sin darnos algo mayor.
Que cada paso, cada ajuste y cada desequilibrio nos acerquen más a nuestra verdadera esencia, alineada con la Voluntad Divina.
Y que en medio de toda transformación, permanezcamos en Paz, porque el Orden Divino jamás se equivoca.
R-i-73
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